“RELATOS SOBRE LA NACIÓN: LA SANGRE DERRAMADA

DE JOSÉ PABLO FEINMANN.

PARTE II - RELATOS DE UN PAÍS VIOLENTO[1]

   A la memoria de Tyna (1946- 1975)

 

Rita de Grandis – The University of  British Columbia

 

Se ha venido señalado ya con bastante frecuencia, la importancia que los intelectuales latinoamericanos del siglo XIX han acordado al rol de la literatura en la formación de la conciencia nacional (Doris Sommer, 1991). Y dentro del campo intelectual como esfera más amplia al rol de la prensa2 como el medio técnico de re-presentar la nación (Benedict Anderson, 1983, 1991). Sabemos que los grandes relatos fundacionales se inscriben en su mayoría en el género folletinesco, de producción seriada, publicados en los diarios de la época, poniendo de manifiesto con ello que en efecto la literatura y la prensa estaban fuertemente vinculadas cuando de escribir la nación se trataba.

El caso que nos ocupa hoy a fines del siglo XX se inscribe en esta misma tradición, a mitad de camino entre estas dos instituciones letradas (la literatura y la prensa), de géneros literarios compartidos como el folletín y el ensayo, y de intelectuales que además de ser hombres de letras son hombres de acción política. La sangre derramada. Ensayo sobre la violencia política de José Pablo Feinmann(1998) es un relato fundacional o más precisamente un remake o revamping de relato fundacional en la medida en que retoma viejos relatos fundacionales (Facundo, Amalia, El Matadero), y los reelabora a partir de nuevas relaciones interpretativas con los acontecimientos histórico-políticos de las décadas del setenta al noventa, creando nuevos relatos que conectan el siglo XIX y los orígenes de la nación con el pasado reciente de la llamada "izquierda nacional." De este modo, La sangre derramada anexa y combina viejos y nuevos relatos, su simbología, mitos y héroes dentro de la ya existente comunidad imaginaria. Las condiciones de posibilidad para este nuevo relato fundacional están dadas por la distancia - dos décadas - con respecto a la última lucha interna entre izquierda y derecha, comunistas y anticomunistas, militares y guerrilleros, peronistas y antiperonistas. La serie de gobiernos constitucionales que sucedieron a la junta militar de 1976 crea la posibilidad de un nuevo cuestionamiento de la violencia dentro de la legalidad democrática. Los partidos políticos de esta escena democrática contemporánea - radicalismo y peronismo - reconsideran ese pasado reciente y sus relatos a fin de reparar la violencia y idear una nueva modalidad de interaccíón social y política capaz de transformar la insuficiencia histórica nacional de la que resultara la violencia como rasgo inherente de la cultura en la vida política y social argentina.

El ensayo está dividido en tres partes y unas conclusiones. La primera titulada Crítica y violencia esboza una "gnoseología de la violencia"; la segunda -Relatos de un país violento - reinterpreta y expande relatos sobre la violencia extraídos de la literatura, de la historia, del ensayo nacional y de la crítica literaria, configurando así una morfología cultural particular actual cuyas raíces y contigüidades históricas hay que hallarlas en los comienzos de la nación independiente. La tercera parte -La violencia y el sentido de Ia Historia - aborda cuestiones filosóficas y religiosas, como el mismo Feinmann las califica, y por último, las Conclusiones fijan algunos puntos de vista sobre la violencia y la democracia sin por ello ofrecer soluciones a las complejísimas cuestiones que se abordan.

En la primera parte - CRITICA Y VIOLENCIA[2] - se aborda de qué modo el ensayista define la crítica y qué relaciones establece entre crítica y violencia. El relato se construye a partir de dos núcleos temáticos o tópicos principales, uno, el concepto de crítica entendido como puesta en crisis de sus supuestos analíticos, y el otro, el tema de la violencia política argentina, en particular, la de los años setenta, entendida como conocimiento de sus circunstancias socio-culturales y políticas en su retrospección histórica. La tesis que se avanza es que la violencia de la década del setenta y las nuevas manifestaciones de violencia en las décadas posteriores (como la del Amia en 1994) son el resultado de ciertas insuficiencias del pensamiento moderno argentino, esto es, en el modo en que las ideas del liberalismo humanista del siglo XIX se desarrollaron en suelo argentino.

En CRITICA Y VIOLENCIA se esbozan dos figuras de la crítica, una como metodología y la otra como intervención social. Se concibe la crítica como principio metodológico de la razón dialéctica de la historia y como instancia social y poder objetivo de acción social. Desde esta perspectiva social y reformadora, la labor ensayística se transforma en un gesto público y en una actitud social, divulgadora, y propagadora de una renovación intelectual y social. La figura del crítico en este proceso se construye como exemplum y voz pública, implicado tanto en la producción de la violencia como en la responsabilidad crítica y social de conocer sus causas y de transformarlas. Sólo así la critica puede ser reparadora.

CRITICA Y VIOLENCIA se discursivizan a partir de una estrategia narrativa armada en torno a la asociación y relación analógica. Se trata de un relato hecho de inferencias de re-lecturas de otros textos; de Hegel, Marx, Kant y Sartre para derivar el concepto de crítica; del esquema interpretativo de Ernst Nolte en Después del comunismo para interpretar la teoría de ni vencedores ni vencidos de Alfonsín sobre la que pareciera estar armado el informe de la CONADEP, el Nunca más - texto que se ha convertido en uno de los pilares de la fundación de un nuevo ciclo histórico en la Argentina (Hugo Vezzetti, 2000)[3]4. Este mecanismo de asociación y relación analógica se lleva a cabo a través de la sustitución de un nombre por otro, ya sea, por similitud, como en el caso del general Videla por el general Uriburu, o por antítesis o contraste, como es el caso de Sartre por Heidegger. También la relación analógica se da por evocación; por ejemplo, las descripciones del clima espiritual del yrigoyenismo de Juan Carulla - miembro de la intelligentsia de los años veinte - evocan las letras de los tangos de Discépolo - Cambalache y Qué vachache - que son de la misma época aunque provenientes de posturas ideológicas bien diferentes. De este modo, la cita y apropiación de otros textos, la sustitución de nombres por símil o por antítesis, y la evocación de expresiones culturales tanto de la esfera de alta cultura como de la cultura popular constituyen los modos de hacerse del relato sobre los que se produce la inferencia argumentativa y se arma el esquema interpretativo de la insuficiencia histórica de la modernidad argentina. En cuanto a la dimensión temporal dentro de este procedimiento general del relato, ésta se articula a partir de un vaivén constante entre el presente y el pasado. La premisa es que entender el presente requiere volver al pasado, descubrir sus continuidades, sus ambigüedades y fracasos; así, la realidad que rodea a la crítica no es completamente incongruente con el pensamiento que la precedió o incluso con el que la anticipó con sus imágenes y conceptos. La crítica se perfila entonces como la posibilidad de un pensamiento nuevo y una realidad superadora de viejas insuficiencias.

Pasando a la segunda parte - RELATOS DE UN PAIS VIOLENTO - su tema o tópico principal gira en torno a, y desarrolla la pregunta que se anticipa en sus primeras páginas: ¿cómosurgió la Argentina como nación independiente? El ensayista aclara que "se trata de una pregunta acerca de la modalidad - entendida como particularidad violenta de resolución política- "[q]ue no difiere mucho de la modalidad de los otros pueblos de América Latina." (156) Para poder explicar esta modalidad de la cual resulta la muerte de Liniers, el fusilamiento de Dorrego, la muerte de Lavalle, el asesinato de Juan Facundo Quiroga, los asesinatos de la Mazorca, el asesinato de Angel Vicente Peñaloza, y el asesinato de Justo José de Urquiza, el ensayista propone dar un salto hacia atrás, y re-interpretar la Revolución de Mayo de 1810 como el ponto de origen de la violencia. La tesis que se perfila, tal como la anunciada en la primera parte del ensayo, es que dicha violencia resultó de la insuficiencia histórica de esta primera intelligentsia criolla.

Para sostener esta tesis se hace uso de una serie de inferencias interpretativas a partir de referencias a otros textos y autores. Se parte de un comentaria sobre los escritos de Juan Bautista Alberdi, considerado el pensador más sagaz y profundo del sigla XIX (156) para quien, la revolución de Mayo había dado origen a la división entre Buenos Aires y el interior. Esta división impuso un modo de desarrollo político que se continúa hasta el presente y que no por coincidencia se manifiesta en numerosos conflictos actuales entre el gobierno central de Buenos Aires y los gobiernos provinciales[4]. El ensayista inspirado en Alberdi considera que la generación de Mayo a partir de 1810 inicia un proceso de colonialismo interno (157). Y refuerza este argumento con una referencia a Milcíades Peña, para quien "la Revolución de Mayo había sido meramente política y administrativa, removiendo la burocracia española y reemplazándola por la criolla. (158) De Milcíades Peña, se vuelve hacia atrás, a Mariano Moreno, autor del Plan de Operaciones de la Junta de Mayo, en el cual se dan los fundamentos políticos para la justificación de la violencia, por los cuales se condenaría a muerte a Santiago de Liniers. Comprender la actitud y el pensamiento de Moreno requiere definirlo como el ideólogo de la violencia de Mayo y dicha violencia inspirada en el jacobinismo de dicha generación. Esta idea se refuerza aún más con las Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno de Gramsci, para quien el jacobinismo había sido "la aplicación del absolutismo de derecho divino a la soberanía." (159) Así de comentarios a escritos de Alberdi, Milcíades Peña, Gramsci y Moreno, el ensayista salta al presente y incorpora la ficción histórica argentina con una cita de La revolución es un sueño eterno de Andrés Rivera, quien "le hace decir a Castelli que la historia de los jacobinos de Mayo no había sido la carencia de una historia, sino la historia de una carencia..” (159) Y especula sobre la posible naturaleza de esta “carencia,” atribuyéndosela a la falta de una burguesía revolucionaria local, que le sirviera a Moreno y a los suyos como base social revolucionaria (159). Para apoyar tal asunción el ensayista cita también al historiador Tulio Halperín Donghi, quien enfatiza la "modalidad punitiva" de la Junta de Mayo y por último a José Ingenieros quien define a Moreno como místico.

Esta definición de Moreno como místico y ideólogo de la violencia de la generación de Mayo, le permite al ensayista hacer otro salto temporal hacia el presente y sustituir por símil a Moreno por el Che y, concluyendo que "existe una cualidad mística en los protagonistas de todas las revoluciones". (161) Asi, en este vaivén entre el pasado y el presente establece una línea de continuidad entre los revolucionarios de Mayo y todos los revolucionarios del pasado y del presente "[d]esde Saint-Just hasta Lenin y Ernesto Che Guevara." (160)

A colación, del tema de la Junta de Mayo y sus insuficiencias, se pasa al de los golpes de Estado, también con la intención correctiva de establecer otra línea de continuidad entre el pasado reciente y el más lejano, que ciertas interpretaciones recientes parecen haber omitido, ya que - aclara - durante los primeros años del gobierno de Alfonsín se creía que los golpes de Estado en Argentina habían comenzado "con el que Uriburu le hiciera a Yrigoyen el 6 de septiembre de 1930." (166) Se avanza la tesis de que los golpes de Estado en Argentina comenzaron en el siglo XIX y el primero fue el que Lavalle le hizo a Dorrego en 1828, el que a su vez hace que estos dos "destinos" - el de Dorrego y el de Lavalle -sean inseparables del accionar político de Rosas, quien se erigió en el vengador de la muerte de Dorrego. Aquí el ensayista vuelve a utilizar una figura - la de la tragedia - también presente en otros de sus relatos -La astucia de la razón (1990) - el guión cinematográfico Eva Perón (1996) – y la obra de teatro -Cuestiones con el Che Guevara (1999) - conectando tragedia e historia, en una suerte de sentido trágico de la historia moderna argentina. Desde esta figuración trágica, el ensayista retoma los relatos fundacionales de la literatura argentina - Facundo, Amalia y El matadero - centrándose en el destino trágico de Lavalle, Rosas, Sarmiento, Quiroga y conectándolos con el de militantes de la izquierda de los años setenta como Rodolfo Walsh y tantos otros desaparecidos. Aquí el ensayista hace otra corrección crítica con otro giro retrospectivo y reconsidera una de las interpretaciones predominantes en la década del setenta en torno a la figura de Facundo Quiroga. (188) Revisa el esquema interpretativo de Ortega Peña autor de Facundo y la montonera, quien ofrece una valoración positiva del lema de Facundo - "Religión o Muerte" - que había sido fruto de una lucha política en torno a la penetración masónica que los británicos trajeron al Río de la Plata y el catolicismo de herencia colonial. El ensayista señala que la interpretación positiva de la religión como ideología nacional y como factor de movilización de las masas de Ortega Peña, que evoca hoy "fanatismos fundamentalistas y terrorismo islámico," en los comienzos de los setenta había significado lucha contra el imperialismo (188). Así, en los años noventa, se re-evalúa la interpretación de Facundo de los años setenta como una que más que ser el resultado del oscurantismo y del fanatismo fundamentalista, había resultado de una percepción cultural de un país agredido por el imperialismo que hizo que una nación se replegara y se aferrara a "lo propio" como un modo de resistir y preservar su autonomía (189). De este modo el ensayista vuelve a su premisa básica, de que siempre el pasado está presente en nuestra cotidianeidad, y advierte a los lectores contemporáneos que los que hoy desdeñan la interpretación que Ortega Peña hiciera no debieran olvidar que murió en las manos fascistas de la Triple A; no obstante, su interpretación debe ser criticada, explicitándola en su espesor y significación histórica para poder comprender las figuraciones del presente.

RELATOS DE UN PAIS VIOLENTO recompone así un imaginario fundacional incorporando la reciente historia de conflictos políticos internos dentro de la dialéctica actual de la globalización económica y mediática que desafia las fronteras nacionales y culturales. De ahí que el relato bajo la modalidad binaria propia del melodrama decimonónico, esté hecho de referencias a sus previos antecedentes literarios, sociológicos, históricos, políticos y filosóficos, ampliándolos y propulsándolos hacia el presente con toda una masa cultural de correlaciones, expandiendo y reforzando sus cartografías histórico-literarias como un modo de resistir la penetración transnacional con sus símbolos y nuevas cartografías.[5]

El relato sostiene la tesis de la modalidad violenta como mito fundador de la nación y incorpora a este mito la violencia de la década de los años setenta. La historicidad de la crítica como lectura situada, lejos de adscribir a la idea de una comunidad imaginada inamobible e incambiable y a un sentido de la historia como "un espacio homogéneo y vacío" (la crítica que Bhabha le hace a Anderson) (Bhabha, 1990) tiene la potencialidad gnoseológica de detectar el cambio histórico y de inscribirlo.

El relato se nutre de otros relatos, los reclica en el marco de las presentes condiciones histórico- económicas, sociales y culturales, poniendo de manifiesto por un lado, una distancia crítica con respecto al pasado reciente y a los orígenes de la nación, pero por otro, reforzando la comunidad imaginada nacional con un repliegue y insistencia en su propia morfología cultural.

 

 

Referências Bibliográficas:

 

ANDERSON, Benedict. lmagined Communities, London: Verso, 1991.

BARBERO, Jesús Martín. Communications, Culture and Hegemony. From Media to Mediations, London: Sage, 1993.

BHABHA, Homi. (Ed.) Nation and Narration, London and New York: Routledge, 1994.

FEINMANN, José Pablo. La sangre derramada. Ensayo sobre la violencia política. BuenosAires: Ariel, 1998.

SOMMERS, Doris. Foundational Fictions. The National Romances of Latin Americ., Berkely: University of California Press, 1991.

VEZZETTI, Hugo. "Memorias del "Nunca Mas"". Punto de Vista Nº64,1999: 37-41.

 



[1] Ponencia presentada en el Congreso de la Asociación Canadiense de Hispanistas, en la Universidad de Alberta, Edmonton, del 25 al 27 de mayo de 2000.

 

2En efecto, para Benedict Anderson, la prensa y la novela son los dos medios privilegiados para la idea de la formación de la nación como comunidad imaginada (Anderson 26). Por su parte, Jesús Martín Barbero considera más importante el rol de los medios, sobre todo el de la radio primero y luego el de la televisión. Claro que a diferencia de Anderson, Barbero se refiere a la época de emergencia de los populismos en América Latina hacia mediados del siglo XX, en particular, las décadas del treinta y cuarenta (Jesús Martín Barbero, 1993)

 

[3]Vezzetti arguye que sobre este informe se han elaborado otros trabajos recientes como Haciendo memoria en el país del Nunca más, de I. Dussel, Finocchio y Gojmo que es utilizado como una herramienta pedagógica para informar las nuevas generaciones de jóvenes sobre los acotecimientos violentos de la historia de los setenta (37).

 

[4]Curiosamente, Beatriz Sarlo hace una referencia comparable a la de Feinmann al insistir en las profundas diferencias que existen en Argentina entre Buenos Aires y el resto del país a propósito del abanico político y la representatividad de las las nuevas alianzas políticas entre el radicalismo y el Frepaso (Nota de opinión "Yo he nacido en Buenos Aires,” 14 de mayo 14 de 2000: 5).

 

[5]Así, la toponimia de las calles de Buenos Aires es indicadora de la historia argentina y de sus antagonismos,y vuelve a ser traída a colación a modo de informar a las jóvenes generaciones. Por eso se recuerda el cambio de nombre de que fue objeto la calle Canning que remite a la época de penetración británica a fines del siglo XIX. Canning fue sustituído durante los años setenta por el de Raúl Scalabrini Ortiz, e irónicamente vuelto a restituir en otra vuelta de tuerca de penetración extranjera (la de la llamada globalización). Esta toponimia nacional ya consagrada por la literatura argentina

(Sábato, Marechal, Mujica Lainez, por sólo mencionar algunos) compite hoy con otras cartografias que la nueva dialéctica de lo global hace emerger, y que otra literatura “nacional” incorpora (Juan Ford, por ejemplo). Se enfrentan así en el terreno de la ficción “nacional” dos toponimias antagónicas, una que remite a la imaginería de Buenos Aires a través de ciudad Madero, de la calle Florida llena de caminantes con teléfonos inalámbricos y de comercio electrónico, y otra, que refuerza la ya cristalizada por la historia y la literatura nacional canónica.